martes, agosto 2

La enamorada del muro

Tomo mucho té, esta es la tercer taza de la mañana. Leo, escribo, leo, escribo, miro, pienso, vuelvo a mirar, vuelvo a pensar, sigo mirando, veo, veo, veo, veo.
Pienso en filmar, muchas cosas, leo “La luz en el Cine” y quiero iluminarlo todo. También quiero cosas simples, como sentarte al borde de una autopista y filmarte inmóvil mientras los autos pasan.
Anoche soñé que estabas dentro de una bañera llena de agua con velas alrededor –asi, como en Los Soñadores-, yo paseaba desnuda frente al espejo leyendonos Baudelaire, vos reías mientras yo lloraba por El Veneno, me metia en la bañera, me abrazabas y dormíamos mientras la superficie se cubría lentamente de La enamorada del muro.
Anoche también, pero mucho antes de todo esto, volví a ver Elegy, tal vez vos eras Ben Kingsley y yo Consuela Castillo, pero ni soy tan clara, ni irradio tanta belleza ni vos tenés los pies tan sobre esta tierra.
Y por ahora sos sólo una excusa, para escribir esto, para pensar en algo como un objeto divino al cual desear, para poder inventarme las historias y para poder soñar  cosas lindas como la de Las Flores del Mal.
Sigo pensando, sigo escribiendo, sigo leyendo, sigo pensando en filmar. Sigo viendo, viendo, viendo, espiando por la cerradura invisible por la que te veo entrar y salir cada noche y volver con el cuello lleno de rouge y me encanta. Te veo servirte un Bourbon y abrir una cajita musical de la que emana El Bolero de Ravel, y sacar una bailarinita rosa, que soy yo, y ponerla sobre el espejito para que gire y gire mientras me ves nadar dentro de una bañera cubierta por enredaderas leyendote poesía.
Debajo de mi vestido ardía un bosque de madreselvas
Los tres primeros botones se desabrocharon solos. Sobre la espalda una linea recta me atravesaba del sacro al axis. En la nuca un soplo helado paralizó el tiempo.
Tenía zapatitos negros de taco con la punta redondeada, la linea también se extendía de  talones a isquiones en ambas piernas.  Los muslos firmes recordaban a la bailarina que alguna vez quise ser. El ombligo se hundió hasta llegar a la columna descargando en ella millones de átomos provenientes del corazón que bombeaba a 48.000 Khz por segundo. Las rodillas se pusieron vizcosas, resbaladizas.
Estaba sola, mirando por la cerradura invisible, y un viento me volaba el pelo para atrás.
Parecía que estaba volando…
Estaba volando, pero sin paraguas.
La bañera estalló en mil pedazos y quedé cubierta de todo un río.
Desnuda, porque el vestido se había predido fuego unos segundos atrás, pero los zapatitos negros me mantenían de pie sobre el bosque de la medianoche.

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